No hay que equivocarse
Cuando a los 17 años mi abuelo me preguntó qué leía, y le dije que una historia de la filosofía de Rafael Gambra, tomo el libro, lo ojeó y me recitó la mayoría de las corrientes, desde los pre socráticos, hasta el siglo XIX. Viejo sesudo dijo luego: "bueno, esto no vale de nada después de que te han pasado por cuchillo". Habían pasado algunos meses desde que le resecaran el 90% del páncreas por un cáncer. Con la misma paz de mi abuelo, otorgada por la vejez o quizás por una cirugía grande y compleja, habla Jean Luc Nancy, un filósofo francés que después de ser trasplantado de corazón, desarrolla una interesante teoría del cuerpo y que tuve la oportunidad de conocer en una clase en antropología. Dice, a propósito del COVID-19:
"No hay que equivocarse: se pone en duda toda una civilización, no hay duda de ello. Hay una especie de excepción viral -biológica, informática, cultural- que nos pandemiza. Los gobiernos no son más que tristes ejecutores de la misma, y desquitarse con ellos es más una maniobra de distracción que una reflexión política" (Nancy, JL 2020, Excepción Viral. Sopa de Wuhan)
Sé que hablar con la tranquilidad de los mayores, como si no tuviéramos nada que perder, puede sonar incómodamente soberbio y molesto, sin embargo existe una tranquilidad con la que sí podemos hablar partiendo desde una certeza, y es que sí o sí lo perderemos todo, más tarde o temprano, pero así será. No es fatalismo, pues también se puede hablar con la certeza de que mucho podemos ganar si es que así lo deseamos (Pienso que querer hacerlo todo podría llegar a ser casi tan malo como quedarse haciendo nada). Quizás es soberbio y fácil hablar desde desde los computadores y desde las cátedras, tan fácil como difícil hablar desde el lugar de aquellos que deben tomar decisiones masivas. No por ello vamos a dejar de valorar ni suprimir el trabajo pensadores, opinadores, catedráticos y políticos. Todos deben y sí que deben existir, pero cuando se piense, se analiza y se ejecuta, no se puede cometer el error de equivocar la mirada, y de detectar el problema en aquello que no lo es.
No hay que equivocarse. Querer reducir el problema a uno o dos gobiernos, querer personificarlo en uno que otro llamativo político es un error. Es un error por reduccionismo, que no nos permite ver los problemas de fondo y que se mantienen en el largo plazo, con una u otra cara. Personificar en un sujeto el problema, nos lleva a otro peligroso reduccionismo, que es acotar a una o dos las opciones, las posiciones o las soluciones. Podríamos si quisiéramos ampliar la mirada de los grandes problemas "globales" a ámbitos de acción más grandes y resolutivos. Podríamos decir que esto es un problema político, y también quedaríamos cortos. Hoy es Donald Trump, pero Trump es tan pasajero como su pelo, mañana será un líder ruso, asiático, será un fanático religioso, un revolucionario latino o un esclavista africano, todos traidores de sus propias patrias y traidores de la humanidad. Hoy es el capitalismo, pero si no fuera, sería otro sistema.
Yuval Noah Harari, en el artículo The world after coronavirus, nos da poca opciones. Al final de éste, además nos dice cual de ellas es la correcta: O utilizamos medidas gubernamentales opresoras, o dejamos que la ciudadanía libre reflexione y actúe; o nos encerramos en un nacionalismo obtuso, o desarrollamos un plan de ayuda y cooperación global, todo esto como si las primeras alternativas , fueran opuestas a las segundas, como si ambas miradas no pudiesen convivir entre ellas, o peor, imposibles de convivir con una tercera. A todo esto, las opciones buenas propuestas por el autor son las segundas.
El problema inmediato se llama coronavirus, guerra, hambre, terremoto, incluso puede tomar el nombre de aquellos mismos sistemas solucionadores de problemas. El problema mediato en el análisis, pero causa eficiente y necesaria de lo que padecemos es moral: no político (es político y más), no económico (es económico y más), no ideológico (es ideológico y más), sino moral. Es el amor ausente lo que no permite resolver nuestras propias y menos las ajenas contingencias.
Se ha dicho que poco se sabe del virus, y que ningún gobierno es experto en pandemias. Lo creo probable y real. Esto exonera a alguien? para nada. El conductor es el que asume el riesgo y la responsabilidad de las decisiones en aquello que conduce. Trump, Johnson, Piñera, son responsables, culpables, imputables, etcétera y ya (pero son solo eso, culpables, ni más ni menos). Es un error esperar algo de ellos sin esperar algo de nosotros mismos para conducir a la solución de un problema que es tan singular como plural, tan privado como público, tan nacional como global. Se puede esperar un antes y un después del COVID 19? tan sí como no pudo esperarse después de otras pestes, genocidios y guerras. Cambiarán los sistemas sanitarios, los gobiernos, las visiones del mundo y del ser humano? pienso que con o sin contingencias, si no cambia el corazón no cambia el cerebro, si no cambia el cerebro no cambian los ojos, y si no cambian los ojos seguiremos viendo con la misma retina y las mismas cataratas.
Cinco ideas quisiera pensar y repensar, conforme a la solicitud de mi plan de formación. Lo primero es que el ser humano es adaptable, más lento o mas rápido pero adaptable, y por lo tanto susceptible del cambio, tanto en sociedad como en intimidad. Lo segundo es que eso nos da esperanza, pero mejor que eso, nos da chance, chance de actuar, ejecutar e intervenir en distintos niveles: como ciudadano afectado, como profesional, obrero, académico, político, empresario, y en particular como médico en mi caso. Si tuviese que esperar intervenciones de gobierno para colaborar con mis pacientes, creo que haría menos de lo poco que ya hago. No hablo de una esperanza contemplativa e ingenua, hablo de una fuerza vital y racional que nos permite y convence de que nuestro actuar no es inútil, esa es la chance a la cual podemos echar mano. La tercera, cuarta y quinta idea, la verdad es una sola: la mejor forma de intervenir y de cambiar el entorno, es empoderando al entorno del cambio. Se llama de varias formas en salud: autocuidado, diagnóstico participativo, enfoque comunitario, entre otras.
Jan Tiranowsky, un sastre polaco decía a un joven patriota en plena ocupación nazi: si el amor no gana, los nazis tendrán después otra cara. Y así fue en Polonia hasta la caída del muro. No hay que equivocarse.

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